¿Se ha vuelto intocable la lectura?

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Adolf Hitler era un ávido lector y no por eso dejó de exterminar a seis millones de judíos. William Burroughs, exponente del movimiento beat estadounidense, mató a su esposa de un balazo simulando a Guillermo Tell –un personaje legendario de la independencia suiza famoso por su buena puntería– tras un festín de ginebra. Y cunden los ejemplos de ratones de biblioteca que eludían impuestos, asaltaban o se las ingeniaban para acabar con el éxito (y la vida) de otras personas. A ninguno les salvó de sus fechorías el ejercicio de ponerse frente a un libro. Sin embargo, según diferentes investigaciones, leer es un gimnasio mental que puede ampliar conocimientos, relajar el cerebro o incluso prevenir el alzhéimer. Además, ponerse en el lugar de otras personas, aunque sean de ficción, genera actitudes que ayudan a comprender otras posturas o a mirar desde otra perspectiva más tolerante.

¿Observamos entonces el libro como un talismán por el mero hecho de que parece blindarnos contra la maldad? Mikita Brottman, que en 2008 publicó Contra la lectura (Blackie Books), cree que plantear esta cuestión es «irreflexivo e indiscriminado». «Lo que pasa es que se ha convertido en algo contra lo que nadie se atreve a hablar, como la familia o los niños: una virtud por derecho propio», aduce quien resalta cómo un 20% de la población mundial no sabe leer y «se lleva bastante bien». Nos recreamos en torno al «concepto abstracto» de lectura, piensa Brottman, y la realzamos como positiva per se al mismo nivel que reciclar, meditar o reducir el consumo de carbohidratos. Pocos se posicionan en contra porque «el analfabetismo es una amenaza mucho mayor que leer demasiado. Generalizamos sobre las virtudes de leer sin cuestionar qué se lee, por qué y cómo».

Brottman: «La lectura se ha convertido en algo contra lo que nadie se atreve a hablar, como la familia o los niños: una virtud por derecho propio»

«Existe una convicción compartida que dice que la lectura nos hace mejores, pero hay varias evidencias que la contradicen», agrega Joaquín Rodríguez, autor de La furia de la lectura (Tusquets), un ensayo reciente que gira en torno al asunto. Regímenes totalitarios como el Nazi alababan el libro. Incluso Joseph Goebbles, ministro de propaganda del tercer Reich, acuñó un eslogan que decía «el libro, la espada del espíritu», mientras que algunos intelectuales como Jean-Paul Sartre o Elías Canetti repudiaban la lectura contemplativa por ser «una trampa idealista que nos desvinculaba de la realidad y nos abocaba a la locura». «Efectivamente, es un arma de doble filo», sostiene Rodríguez. Cuando se considera que la lectura es algo simplemente natural, sin tener en cuenta las condiciones necesarias para que fructifique, tiende a diferenciar entre quienes no la practican y quienes lo hacen, enalteciendo a estos últimos. «En extremo, eso puede llegar a convertirse en una forma de racismo intelectual que segrega a quienes se tiene por iletrados», opina el doctor en sociología.

Xenofobia con asterisco al pie, ya que discrimina a quienes no leen como es debido, es decir, volúmenes serios y nutritivos. Una tendencia a la baja en tiempos de dispositivos. Y eso que los índices se mantienen: a lo largo de 2020, con la pandemia de la covid-19 y la merma de actividades, ha aumentado el tiempo dedicado a la lectura. Durante los meses de confinamiento se empeñaron ocho horas y 25 minutos de media a la semana. En el baremo anual se pierde una hora, pero sigue superando las seis con 55 minutos de 2019, según el Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España de la Federación del Gremio de Editores de España (FGEE). El crecimiento de población que lee libros al menos una vez al trimestre apenas varía: se sitúa en el 68,8% frente al 68,5% del periodo anterior.

«No es cierto que cada vez se lea menos. De hecho, las estadísticas confirman que cada vez se lee un poquito más. Así que la posible sacralización no puede deberse a la reducción de la lectura», reflexiona José Ovejero, autor de Escritores delincuentes (Alfaguara), quien asegura además que «la literatura no ocupa más espacio en los medios que antes y el debate público, por ejemplo en redes, tiende a centrarse más en series y películas que en libros. Lo único que ha sucedido es que, durante el confinamiento, la literatura ha servido para dar sentido a horas vacías y a sensaciones intensas».

Darle un toque de elitismo a este ejercicio intelectual podría haberse debido a su posición arrinconada. A esa exclusividad que otorga lo minoritario: valorar la lectura como un instante mágico porque apenas se encuentra el momento de hacerlo. O ensalzarla como un producto de lujo. «Leemos, históricamente, desde hace muy poco. La mayoría del tiempo los seres humanos se han comunicado oralmente», agrega Rodríguez. Este autor cree que se publican libros y reportajes en torno a la lectura, debatiendo sobre su posible devenir, porque la gente «quizá está tomando conciencia del valor de algo que podría desaparecer tal como lo conocemos». «La lectura tiene múltiples beneficios y utilidades que no parecen sustituibles, y por eso persistimos en intentar que se convierta en una práctica global. Otra cosa es que hayamos confundido el desarrollo de la competencia lectora con la reverencia a los cánones literarios y a los currículums académicos, capaces de crear no lectores de por vida», sentencia.

«Habrá personas que viven con la mínima práctica lectora, pero en general leemos más porque hay más textos y tareas escritas», apunta al respecto Daniel Cassany. El pedagogo, que acaba de sacar Laboratorio lector, critica esa teoría «simplona» de que por aprender a oralizar las letras se va a comprender a fondo cualquier texto. «Si sabemos hallar los textos oportunos, puede librarnos de la estupidez. Pero no de la maldad. Tenemos notables ejemplos históricos de buenos lectores que resultaron ser nefastos ciudadanos», medita. Comprende esa lista a algunos de los que citó José Ovejero, quien duda de aquel que piense que el lector o el escritor son mejores personas: «Perorar sobre lo útil que es leer no sirve absolutamente de nada. Lo difícil es contagiar el entusiasmo por la lectura».

Cassany: «Si sabemos hallar los textos oportunos, estos pueden librarnos de la estupidez. Pero no de la maldad»

La llama de la lectura debe prenderse desde fuera, pero no hay fórmulas matemáticas. Ovejero ve que el problema de inyectar ese fervor recae en que en nuestra sociedad solo se valora lo útil, lo mensurable. Lo que sirve «para encontrar trabajo, ganar dinero, progresar». Es más sencillo desde la sociedad, defiende, culpar a la escuela o a las tecnologías sin analizar el contexto. «El desapego de los jóvenes es creciente, hasta el punto de que el libro desaparece de su dieta de consumo de contenidos. Este movimiento hacia lo digital acarreará, como lo hizo la lectura en los soportes previos, una transformación anatómica de nuestros cerebros y, por tanto, de nuestra manera de ser y conocer», anota Rodríguez, convencido de la necesidad de formar «lectores insobornablemente críticos”. «Saber leer es gradual», agrega Cassany. «Quedarán muy pocas personas en España que sean absolutamente analfabetas, pero también hay índices bajos de capacidades superiores de lectura reflexiva».

¿Basta con los enunciados cortos, las conversaciones de Whatsapp o las instrucciones de tutoriales para incorporar la lectura entre las aficiones? A lo largo de los últimos años se ha evaluado cómo la capacidad de concentración desvanece de forma progresiva. Hasta en los meses más duros de la epidemia, huérfanos de estímulos externos, hemos optado por la dispersión acuciada por la tecnología. «No creo que la gente haya estado leyendo más libros estos meses. Es posible que hayan pasado más tiempo en sus pantallas, pero no es el tipo de lectura cuidadosa, lenta y reflexiva que nos nutre», argumenta Brottman. Y aprender a leer, dice el filósofo Gregorio Luri,«no es dominar una mecánica, sino colocar un texto en un contexto y ensanchar tus grados de interpretación». Jordi Nadal, editor y autor de Libroterapia, da la razón a su ‘maestro’: «Leer es una forma de que la vida tenga más colores».

Este autor aboga por la pausa. Y ve la clave en la dosis, más allá del soporte. «Leer necesita intimidad y, en este mundo híper veloz, el sosiego es muy complicado. Pero el libro es un refugio: nos allana el camino para tener ese tiempo con nosotros mismos». No obstante, para la psicóloga Elena Fuentes, es importante «no demonizar otras formas de entretenimiento». «La tecnología es una herramienta valiosa para nuestra sociedad, el problema es cómo la empleamos. En el equilibrio está la virtud», apostilla, incidiendo en que la clave está en aprender a gestionar nuestro tiempo.

Menospreciar lo audiovisual es, de hecho, otro de los axiomas de esta sacralización. A pesar de todo dependa, según Fuentes, de dos factores: el biológico o la predisposición genética y el cultural –o el acceso que se tiene a la lectura–. No basta con enseñar a descifrar un código, sentencia Rodríguez, «es necesario que la lectura sirva para apoderarnos de nuestro pasado y escribir nuestro futuro». Se logra manipulando los textos, descubriendo su singularidad. «Solamente infundiendo esa forma de aproximación crítica podríamos pensar que la lectura es un instrumento de liberación», zanja el director de la Hemeroteca digital de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. «Sin embargo, como se empeña en demostrarnos la historia, eso no siempre es suficiente».

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