Las siglas que transformarán el capitalismo

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El teórico y urbanista francés Paul Virilio desarrolló toda una teoría filosófica sobre el accidente y creía firmemente que, en un mundo tecnológico como el nuestro, todo nuevo avance o innovación vendría acompañado de un accidente correspondiente: siempre existe un riesgo. Nunca una época fue tan consciente de los riesgos e impactos de sus actividades como la nuestra. La precisa cuantificación de nuestros efectos sobre el entorno o las personas tiene cada vez un peso mayor sobre nuestra toma de decisiones, tanto a nivel personal como político y empresarial. Es este último caso el escenario de las empresas, donde la evaluación de riesgos e impactos necesita una mayor calibración. De ello dependen no solo la generación de ingresos, sino también la posibilidad de captar inversión que dé estabilidad, solvencia y confianza a largo plazo a la empresa.

La palabra inversión se presenta en cada vez más ocasiones acompañada del adjetivo sostenible. Y es que el concepto de inversión sostenible nació en la segunda mitad del siglo pasado y su presencia es cada vez mayor. Estas inversiones ya no apuestan únicamente por la rentabilidad económica, sino que, en una visión mucho más holística del sistema, tratan de incorporar a su toma de decisiones otro tipo de criterios que cada día presentan una mayor relevancia. Hoy en día esto hace que sea esencial para cualquier empresa que desee generar beneficios cumplir con una serie de parámetros de sostenibilidad a la hora de invertir. Son los llamados criterios ESG (por sus siglas en inglés: Environment, Social and Governance), que en español adoptan las siglas ASG (Ambiental, Social y de Gobernanza). Pero ¿cuáles son y por qué son tan importantes?

La inversión sostenible superó los 30 billones de dólares en 2018, casi treinta veces el PIB de España

Estos criterios suponen una ruptura definitiva con los modelos industriales que hemos arrastrado como sociedad desde hace más de un siglo, donde la maximización de ingresos era el principal vector dinámico. Así, las empresas, a la hora de tomar decisiones, valoran cada vez más un impacto positivo y real a nivel social y medioambiental, así como aquellos que mejoren el gobierno corporativo dentro de la propia empresa. Esto supone a la vez un reto y una oportunidad para la empresas: es un desafío porque cada vez es necesario una mayor inversión de tiempo y recursos por parte de las compañías, pero la atención a estos criterios también permite que las empresas den a conocer sus buenas prácticas en materias a las que hasta ahora se le prestaba menos atención –estructuras de gobierno interno democráticas y participativas, apuesta por la inclusión social o la lucha contra las desigualdades en materia de contratación–.

Quienes invierten tienen cada vez más en consideración los factores ASG a la hora de valorar las perspectivas de las compañías. Asimismo, un porcentaje cada vez mayor de los principales inversores del mundo ya consideran estas cuestiones de manera estratégica en sus operaciones de inversión. Este interés es resultado de numerosos factores, entre los que se encuentra las nuevas regulaciones europeas, así como la demanda de inversiones ética y ecológicamente responsables por parte de la opinión pública, especialmente en la generación milenial.

En un primer momento, eran servicios externos los que se encargaban de valorar este tipo de impactos y asesorar activamente a las empresas, haciendo hincapié en los intereses declarados por cada una de ellas, pudiendo no reflejar una visión global. Sin embargo, las últimas décadas han supuesto una transformación radical, tanto desde el punto de vista de lo que la sociedad reclama al sector privado como en las modificaciones introducidas por los nuevos modelos de empresa y su inherente nueva filosofía y visión. Como explica Ramón Pueyo, socio responsable de Sostenibilidad y Buen Gobierno de KPMG en España, «los criterios ASG han evolucionado conforme lo ha hecho la sociedad, pero es una cuestión a la que las compañías ya venían prestando atención».

Sin la inversión en actividades y proyectos sostenibles, no se podrá cumplir con las metas de la Agenda 2030

Desde KPMG se ha demostrado un verdadero compromiso con el estudio, análisis e incorporación de estos criterios en las empresas. Esto se ejemplifica en sus informes La visión de los asuntos ESG desde el consejo de administración, elaborados junto con la Fundación SERES. En su cuarta edición, el informe evalúa los principales desafíos y dificultades a los que se enfrentan los consejos a la hora de supervisar las cuestiones relacionadas con la sostenibilidad. Una de las conclusiones obtenidas en este informe fue que «la principal dificultad a la que se enfrentan los consejos a la hora de supervisar los asuntos ASG sigue siendo la ausencia de indicadores que permitan cuantificar el desempeño y el impacto de las iniciativas desarrolladas».

Esta problemática identificada entra en línea con las preocupaciones en materia de inversión sostenible mostradas desde la Unión Europea. El pasado 12 de julio de 2020 entró en vigor la nueva Taxonomy Regulation (conocida en España como reglamento de taxonomía), que presenta un verdadero reto para las empresas. Con ella se fomentará la creación de la primera lista verde mundial, un nuevo sistema de clasificación de actividades económicas medioambientalmente sostenibles. La Unión Europea considera indispensable este tipo de regulación para la correcta consecución de los objetivos del Pacto Verde Europeo ya que, sin la redirección de la inversión hacia actividades y proyectos sostenibles, no se podrá cumplir con las metas de la Agenda 2030.

Además, tras la pandemia de la covid-19, se ha reforzado la necesidad de redirigir este capital inversor de forma que la economía, las empresas, las sociedades y, en especial, los sistemas de salud sean más resilientes contra el cambio climático, minimizando los riesgos e impactos con claros cobeneficios para la salud. Además, como resultado de la pandemia, la «s» de las ASG no ha dejado de ganar importancia –frente a los aspectos ambientales y de gobierno que siempre habían sido los de mayor peso y consideración—. Y es que la pandemia ha puesto de manifiesto la necesidad de otro tipo de capitalismo, uno de stakeholders, que sea inclusivo para todos los agentes activos y grupos de interés. Esto es, que beneficie a todos. Algo que se viene realizando en los últimos años con una mayor incorporación de los criterios relativos al capital ambiental en la toma de decisiones, hecho fomentado por la necesidad de toma de medidas con respecto a la crisis climática. Además, queda demostrada la viabilidad económica de este tipo de inversiones: el informe de KPMG La importancia de los asuntos ESG para los departamentos de relación con inversores de las empresas españolas, elaborado junto con Forética y la Fundación de Estudios Financieros, afirma que la inversión sostenible superó los 30 billones de dólares en 2018, casi treinta veces el PIB de España.

Las conclusiones se trazan solas. Los nuevos modelos de negocio supondrán una transformación total de nuestras empresas y nuestros sistemas de producción. La necesidad de un trabajo conjunto y comprometido, que no deje de lado a nadie, se manifiesta cada día con mayor fuerza, y las empresas son conscientes de ello. De la mano de unos criterios ASG unificados, esta evolución será más sencilla y revelará la importancia de las empresas a la hora de afrontar los retos globales que se presentan en el siglo XXI.

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