La vida de una bolsa de sangre

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Los (aproximadamente) cinco litros de sangre que habitan su cuerpo recorren alrededor de 19.000 sus venas y arterias en tan solo 24 horas gracias al corazón, un ‘supermotor’ que la bombea con tal fuerza que podría llenar más de un millón de barriles con su sangre a lo largo de su vida. Cada uno de esos incontables viajes son de vital importancia. Sin embargo, hay uno que cobra especial relevancia: el último, el que hace cuando abandona su cuerpo hasta llegar a otro que la necesita aún más.

La rutina de la donación es simple: aquel que asiste a uno de los centros de donación que se reparten por España tiene que responder a una serie de preguntas, rellenar formularios, someterse a una breve revisión médica y, por último, sentarse en un sillón para que una aguja llene de sangre (y vida) esa pequeña bolsa de plástico cargada de anticoagulante con, exactamente, 450 centímetros cúbicos de sangre (una cantidad que cualquier persona que pese más de 50 kilos puede tolerar, y que no representa más del 13% del total). Aquí termina el viaje para el donante. Pero ¿qué es lo que sucede a partir de ese momento? Viajamos con Ana Arruga, hematóloga y responsable de Fraccionamiento y Distribución del Centro de Transfusión de la Comunidad de Madrid, el centro que tomamos como representativo del país para comprender ese complejo camino.

Primera parada: la separación de los elementos

Tras ser extraída, la sangre llega al Centro de Transfusión, donde cada día ingresan –o está previsto que ingresen– 900 bolsas. En la reserva, hay 5.000 más. Toda la sangre que se dona en la Comunidad de Madrid pasa por este peaje a una temperatura de 22 grados centígrados que se regula mediante placas térmicas. Posteriormente, la bolsa pasa a la centrifugadora, que se encarga de separarla en tres componentes: los hematíes (o glóbulos rojos), que se quedan en la parte inferior de la bolsa por ser el componente más denso; el plasma –el menos denso, queda en la parte superior– y las plaquetas y leucocitos, que se asientan entre ambos.

Donar sangre

Centrifugadora en pleno funcionamiento. Fuente: Centro de transfusión de la Comunidad de Madrid.

Segunda parada: cada elemento, a su asiento

El fraccionador es el otro elemento clave de la travesía. Funciona como una prensa que separa y envía cada elemento a una bolsa diferente gracias a que el envase –la bolsa original– es top and bottom; en otra palabras, permite la salida de los componentes por debajo y por arriba.

Fraccionador. Fuente: Centro de Transfusión de la Comunidad de Madrid.

Tercera parada: los hematíes

Una vez que cada elemento toma su camino por separado –los destinos que esperan a cada uno son distintos–, los hematíes pasan por un proceso de filtrado que permite eliminar posibles glóbulos blancos. Para alargar su vida hasta 42 días (siempre a 4 grados centígrados), se les añade un conservante. Ahora bien, también existen otras técnicas como el lavado –se ‘limpia’ la sangre con una solución compatible–, la congelación –para generar un concentrado de hematíes– o la radiación; pero eso dependerá de la patología del paciente que va a recibirlos.

Cajas con hematíes. Fuente: Centro de Transfusión de la Comunidad de Madrid.

Cuarta parada: el plasma

El plasma aporta factores para la coagulación en personas con coagulopatías –tendencia a sangrar con facilidad–. Además, el plasma es la materia prima para otros productos como la albúmina, que transporta hormonas, vitaminas y enzimas; y las inmunoglobulinas, responsables del control de los procesos inflamatorios y la regeneración de tejidos, además de algunas funciones de los órganos. Así, hay que tratar el plasma con cuidado y rapidez, colocarlo en un congelador a -40 grados (otra técnica sugiere hacerlo a -80, pero después es obligatorio situarlo a -40). Así se puede asegurar un periodo de vida de tres años. Cuando un paciente lo necesita, se descongela a ‘baño maría’ (tarda unos 20 minutos) y está listo para ser inyectado.

Quinta parada: las plaquetas

En la tercera y última bolsa viaje las plaquetas, acompañadas de algunos hematíes y leucocitos. Como lo define Arruga, «una mezclilla de todo». Por eso, esta se somete a una segunda centrifugación que permite obtener las plaquetas disueltas en plasma. Esta tercera bolsa es el producto que más le complica la vida al personal del Centro de Trasfusión porque sólo vive durante cinco días, exige estar a temperatura ambiente y necesita un movimiento constante para que no se coagulen (su principal función). Pero es su corta vida la que supone el mayor reto: en España no son pocos los puentes largos y periodos estivales, como las Navidades, en los que la gente desconecta y pierden el interés en la donación, obligando a cuidar esas reservas que tienen el potencia de salvar la vida de cientos de pacientes. Eso sí, existe una técnica de inactivación de patógenos que puede alargar la esperanza de vida de las plaquetas de cinco a siete días. Parece poco, pero teniendo en cuenta ese corto periodo, los sanitarios lo califican de gran avance.

Una bandeja de plaquetas. Fuente: Centro de Transfusión de la Comunidad de Madrid.

Obstáculos en el camino: pandemias y tormentas

La vida no es otra cosa que una constante de interrupciones, y en el Centro de Transfusión son expertos en incertidumbres. Los dos ejemplos más claros los han vivido recientemente: primero, la pandemia; después, la tormenta Filomena. Caos, confinamientos, restricciones, miedo. ¿Qué pasa cuando algo así frena a una ciudad tan grande como Madrid?

Ana Arruga es sincera a la hora de ahondar en la nevada más cruenta que ha azotado a la capital: «Con Filomena, fue una situación horrorosa. No éramos capaces de hacer llegar a los hospitales nuestros productos. Fue desesperante. Pero al final las cosas salen, aunque uno no sepa ni cómo». También cuenta que, durante los días más duros, la unidad militar de emergencia fue quien ayudó a seguir con este viaje de los productos hasta los hospitales. «Lo hicieron en metro, porque era lo único que funcionaba», revela.

Por otra parte, con el confinamiento y el pánico descontrolado propios de la pandemia, los hospitales –y todos los centros de donación– perdieron a sus potenciales donantes. El covid-19 llevó las donaciones de sangre al nivel más bajo en una década: en 2020, hubo menos donaciones que en todos los años anteriores desde 2010. Si no se podía salir de casa, era imposible donar. No obstante, Ana cuenta que sus compañeros italianos ya les habían advertido de que al estar las ciudades ‘apagadas’ también se necesitarían menos litros sangre. «Menos mal que la covid no consume tanta sangre; porque no tuvimos tantos casos de anemia ni de urgencia de plaquetas», puntualiza la sanitaria. En 2021 se están recuperando los niveles, pero los organismos dedicados a la transfusión advierten que hace falta convencer, sobre todo, a los jóvenes de que aporten su grano de arena.

Una mujer donando sangre. Fuente: Centro de Transfusión de la Comunidad de Madrid.

Destino final: siempre hay una respuesta

A pesar de las dificultades afrontadas en el último año y medio, la hematóloga se mantiene optimista al asegurar que, en situaciones críticas, «Madrid siempre responde». Al igual que el resto de las provincias de España, que hicieron del país uno autosuficiente en cuanto a reservas de sangre gracias al esfuerzo de los sanitarios para realizar más extracciones y cubrir las necesidades de los hospitales.

Por «situación crítica», Arruga se refiere a momentos en los que la reserva de bolsas han llegado a bajar hasta las 2.200 unidades. Por eso, en la actualidad, el principal reto que tiene ahora el Centro de Transfusión, cuenta, es el hartazgo generalizado en la población sobre los temas sanitarios. «La gente ya está cansada de tanta pandemia, de tantas olas, de noticias médicas. Es normal, todos queremos irnos de vacaciones, pero no podemos bajar la guardia porque Madrid sigue necesitando de esas 900 bolsas diarias», afirma.

Arruga concluye con una reflexión: «Esta pandemia dejó al mundo dividido entre quienes, desafortunadamente, se quedaron sin trabajo y los que hemos tenido demasiado. La vida de los sanitarios ha sido durísima este año y medio. Y lo digo como una vivencia personal, sin esperar nada a cambio, pero ha sido una situación muy exigente. La recompensa es saber que somos una sociedad mejor y que podemos superar una pandemia gracias a todo el esfuerzo de los sanitarios». Fin del viaje.

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