La fragilidad de lo imperativo

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De un tiempo a esta parte percibo una necesidad preocupante de (im)poner en valor cualquier cosa que se hace. No se trata de una mera publicación al estilo propagandístico ni de una simple muestra de vanidad, es algo más ‘patológico’ o, quizás, más visceral. Tengo la sensación de que hemos entrado en la era del imperativo suplicatorio: mírame, sígueme, únete, dale al like, activa los recordatorios, suscríbete a mi canal. Es un imperativo hipermoderno que delega su capacidad de mandato en el resultado de su demanda y no tanto en su poder de imposición. Como todo imperativo, se dirige al otro, pero con la particularidad hipermoderna de que el poderío de su orden recae en el receptor, dejando al emisor en una posición de fragilidad.

Puede que esta pérdida global de auctoritas sea la que provoque que no pase un solo día sin que un político trate de (im)poner en valor su gestión a la par que procure desvalorizar lo que hace el enemigo; y digo bien, el enemigo: al contrincante, al adversario, se le guarda un respeto de cara a dignificar la competición, pero al enemigo se le procura despojar de todo valor hasta el extremo de su total devaluación, rozando su deshumanización. Esta patológica necesidad de re-valorizar cada miseria que se logra es sintomática de un sujeto ingrato y corto de miras; de quien olvida sus raíces y desprestigia las categorías temporales, especialmente el pasado y el futuro.

La ‘auctoritas’ se logra a través del respeto que concede una buena educación, donde el peso de lo imperativo recae en la ejemplaridad

En la obra de teatro Las lágrimas de Jerjes, de Javier Gomá, el joven Jerjes, recién llegado al trono de Persia, dialoga con su tío sobre el papel que debe asumir de cara a honrar la herencia del padre, el rey Ciro. Se debate entre mantener y reforzar el imperio heredado o bien ampliarlo mediante la conquista de Grecia. Es una reflexión que pivota sobre dos elementos fundamentales, la herencia y el legado. Lo recibido se valora porque fusiona la mirada del heredero con la del progenitor. No precisa de imperativos, sino de educación; una educación que pone el valor el pasado. Y esta mirada valorativa se extiende hacia la toma de conciencia en torno al legado, el cual pone la vista en un futuro que se percibe como un espacio de mejora con respecto al presente.

Es una enseñanza que abarca la totalidad de las categorías temporales: ser dignos de recibir una herencia y ejemplares en la construcción del legado. La auctoritas se logra a través del respeto que concede una buena educación, donde el peso de lo imperativo recae en la ejemplaridad. Se trata de ensanchar la mirada y descubrir que el valor, que la valoración de algo, es siempre una construcción colectiva que conlleva el compromiso de permanencia; de lo contrario, seguiremos sometidos a ese imperativo suplicatorio que nos fragiliza.

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