Así ha sido la carrera de la vacunación para los refugiados

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La pandemia ha afectado a familias de todo el mundo de diferentes formas. La experiencia personal de mi familia se tradujo en la pérdida de varios miembros y amigos, pasando semanas y meses interminables de angustia y dolor mientras me adaptaba a un año de clases online y permanecía en cuarentena en los confines de nuestra casa. Éramos tres generaciones viviendo bajo un mismo techo, preguntándonos qué traería el siguiente día. Este periodo dejó una marca duradera en mi ingenuidad sobre la seguridad de mi familia, el interés personal y la capacidad de respuesta de los líderes mundiales, el aprendizaje de mis hijos y nuestra salud mental.

En mis recuerdos destaca un momento concreto en el que las cosas empezaron a cambiar. Era medianoche, y mi madre vino a despertarme, sacudiendo mi hombro y empujando su teléfono móvil en mi cara mientras yo intentaba leer, aclarando mi vista borrosa. No pude entender bien el significado de los mensajes. Sólo vi «covid-19» y supuse que eran más noticias terribles. Todo lo contrario: el gran espacio para comenzar la vacunación acababa de abrirse. En cuestión de minutos estábamos todos sentados, frente a diferentes dispositivos electrónicos, para inscribirnos. A los pocos días fui a vacunarme con mi padre.

Esta fue mi experiencia de la pandemia: un escenario distópico, incapacidad para procesar lo que estaba sucediendo y un abrumador sentimiento de pánico. Lloré por la vacuna al pensar que todo esto podría estar a punto de terminar y que estaríamos a salvo. Estados Unidos y Europa han dado un paso de gigante con la apertura de bares y restaurantes para la temporada turística de verano, provocando un repunte económico. Nos alegramos de volver a salir, de abrazarnos y de poder disfrutar de los nuevos años 20.

Pero la alegría se acaba al echar una mirada al resto del mundo. En algunas partes de América Latina, Asia y África, la pandemia se encuentra en su peor momento. Sólo se ha administrado el 0,3% de todas las vacunas disponibles en los países de bajos ingresos, donde existen importantes desigualdades debidas en gran medida a la debilidad de los sistemas sanitarios, que ahora están desbordados. En los países con mayores ingresos ya se han administrado el 84% de todas las dosis.

Los refugiados y los desplazados internos son invisibles en la carrera de las vacunas, ya que el 86% de los 82,4 millones de desplazados forzosos en el mundo se encuentran en países en desarrollo. En World Vision sabemos que la covid-19 les ha afectado de forma desproporcionada, y que los niños se ven especialmente expuestos por factores socioeconómicos. Seguimos analizando los obstáculos y lo que podemos hacer para garantizar que los más vulnerables reciban sus vacunas. Entre abril y mayo de 2021 hemos entrevistado a desplazados forzosos en ocho países –Brasil, Colombia, la República Democrática del Congo, Jordania, Perú, Turquía, Uganda y Venezuela– y hemos podido conocer de primera mano lo mucho que se ha deteriorado su situación.

«Esta crisis de salud pública mundial ha servido para ampliar y exacerbar las desigualdades entre los países y dentro de ellos»

Así, la mayoría de los refugiados y desplazados internos (68%) ni siquiera habían oído hablar de los planes de vacunación en sus comunidades, y sólo una persona de cada 339 hogares había recibido una vacuna. Aquellos con los que hablamos indicaron que era probable que se vacunaran, aunque existían importantes dudas y barreras administrativas. Algunos refugiados nos dijeron que simplemente no era su mayor prioridad en este momento, lo cual es comprensible cuando el 72% de los encuestados informó de una disminución de los ingresos y el 77,5% no podía satisfacer sus necesidades alimentarias. Los refugiados y los desplazados internos también describieron el aumento de la xenofobia, la incitación al odio y la violencia debido al virus. Los mayores desafíos para los niños fueron la alimentación y la nutrición, tener que dejar la escuela, la exposición a la violencia, el abandono, el abuso y la explotación, la falta de refugio y la falta de apoyo psicosocial.

La covid-19 nos ha afectado a todos, pero no a todos por igual. Y lo que es peor es que lo que podría haber sido una muestra de solidaridad mundial –«nadie está a salvo hasta que todos estemos a salvo»– se está transformando en la aparición de un mundo bipolar de seguros y no seguros. Esta disparidad está teniendo repercusiones de gran alcance que sólo estamos empezando a ver, incluido el riesgo de hambruna para 41 millones de personas en 43 países, en parte impulsado por la pandemia, junto con los conflictos y el cambio climático. Una crisis de salud pública mundial que ha servido para ampliar y exacerbar las desigualdades entre los países y dentro de ellos, empeorando los problemas preexistentes para los refugiados, los desplazados internos y las poblaciones más vulnerables del mundo, y creando barreras insuperables para que las niñas y los niños alcancen su pleno potencial.

Durante meses no dije a la gente que estaba vacunada, supongo que porque me daba vergüenza. ¿Cómo podía compartir esta buena noticia cuando tengo amigos, familiares y colegas en todo el mundo donde apenas ha comenzado el proceso de vacunación? Una amiga de Brasil acaba de perder a su marido, padre de tres hijos. Otro colega ha fallecido en Haití. Mi equipo sudafricano me dice que están confinados de nuevo en sus casas. Mis amigos de otros lugares me dicen que la escuela de sus hijos está cerrada de nuevo, indefinidamente. Por ello, debemos actuar ahora para hacer llegar las vacunas a todas las poblaciones de todos los países, para proteger a las familias y a los niños, y dar a las personas más vulnerables la oportunidad de recuperarse y reconstruir sus vidas.


Amanda Rives Argeñal es la directora de Gestión de Desastres de World Vision. 

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